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Las 12 uvas de Juan Carlos Aragón

Discurso de Ano Nuevo

Escrito por Juan Carlos Aragón

Domingo, 31 Diciembre 2017 14:30
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"El día que no tenga con qué soñar me volveré de Alaska"
"El día que no tenga con qué soñar me volveré de Alaska"

No es una errata. No falta el palito de la “ñ”. El ano nuevo es una necesidad, un estado mental sin estrenar que, por una parte, sustituya al que nos han roto durante estos últimos años y, por la otra, resista las perversas y previsibles intenciones de nuestro gobierno que, incapaz de solucionar nada, se conjura contra los del piso de abajo para maquillar su impotencia con recargas eléctricas y descargas sanitarias, con la complicidad de todas las instituciones (en especial, de las más agresivas). Menos mal que el SMI subirá lo bastante como para poder comprar un bocadillo de mortadela casi todos los días.

Me gustaría desearos lo de “próspero y feliz”, pero la prosperidad es una emoción económica que empezó a disolverse con el nuevo milenio, y sin la felicidad política es bastante difícil que advenga modelo alguno de sólida felicidad. No nos queda otra que concebir la existencia presente como un archipiélago de islas paradisíacas, cada vez más lejanas unas de otras y sin ningún viento favorable para cruzarlas. Con el amor y el amigo hemos de construir un kit de supervivencia que nos provea de fortaleza para enfrentarnos al naufragio interminable que se avecina. No es una simple adaptación del epicureísmo, el brucelismo o el vitalismo dionisíaco, pues cualquier ismo militante —incluido el individualismo— carece de fórmulas concretas para improvisar, que es lo que vamos a ir necesitando. Tampoco podemos llenar nuestras oníricas pateras hasta arriba porque así nos hundimos y, en vez de resolver nuestro problema, solucionamos el de ellos. Las palabras se han convertido en otra mercancía vacía de significado. Los políticos y los falsos poetas se las han cargado. Como la música (por llamarla de algún modo). El teatro se ha mudado de la escena a la butaca. Todo el mundo le desea feliz año a todo el mundo como quien da los buenos días. Menos mi vecino, que da los buenos días cuando no tiene más cojones. Como yo, que procuro evitar hasta eso.

Se nos va un año cargado de ilusión para muchos catalanes y con sensación de catástrofe para el resto, al servicio de un rey que no reina y de un gobierno que lucha contra su propia corrupción con más corrupción. Y viene otro año cargado de lo mismo. O peor, porque “lo mismo” se está convirtiendo en “lo normal. Créanme que flipo cuando sé de alguien a quien le va bien sin salirse de la órbita de la decencia. Pero la mayoría está muy jodida. Y con doce uvas va a arreglar un carajo. Si esta reflexión te parece una patosería desmoralizante, deja el artículo aquí, que lo que viene es peor.

Las generaciones procedentes del franquismo tardío y el cristianismo romano fuimos educadas en dos mentiras muy fáciles de detectar: pronto averiguamos que Franco había sido un genocida y que Dios nunca existió. A partir de ahí podía parecer suficiente con invertir los valores. Pero esas inversiones siguieron sujetas a los referentes negados, con lo cual la democracia adoptó al capitalismo salvaje y el poscristianismo agnóstico heredó la moral de siervos como sinónimo de paz y fraternidad: estas dos mentiras son mucho más sutiles, y están a la base de nuestra ignorada esclavitud y de la lógica de la violencia virtual que inunda nuestro sistema como el gas las duchas de Auschwitz. Para muchos, aceptar la decadencia nos sitúa en el principio de un nuevo camino. Para otros, la solución es que a golpe de uvas soñemos con convertir cada año en otro mejor. Quien no se consuela es porque no quiere.

Yo me voy a tomar la 1 porque la separación de poderes se haga real, la 2 por la encarcelación del gobierno, la 3 para que inventen un crecepelo mágico, la 4 para que la gente lea a Michel Onfray y obre en consecuencua, la 5 para que le den el Nobel a Silvio Rodríguez (y no lo recoja), la 6 para que el Concurso del Falla tenga una fecha fija, la 7 para que llueva, la 8 para que den luz verde a la vacuna contra el cáncer, la 9 para que el turismo invasivo pase pronto de moda, la 10 para que en Cádiz habiliten barcos para vivir, la 11 para que Luisa grabe un disco y la 12 para que Sergio Ramos haga la letra definitiva del himno de España. Del ascenso del Cádiz no digo nada porque dicen que si los deseos se dicen no se cumplen. Borro esta frase. Si sale publicada es responsabilidad de ElDesmarque. Y lo del crecepelo… lo borro también, que eso sí es importante de verdad. Pongo mejor: “la 3 para que la prensa no manipule la información”.

¿Y si las doce uvas se convierten en doce carajos pa mí? Pues los pondré junto a los otros seiscientos de mi colección de carajos, que erectos y relucientes llenan la ingente vitrina de mis deseos incumplidos. Aunque ahora que pienso: ¿realmente quiero que se cumplan mis deseos? Más bien no. El día que no tenga con qué soñar me volveré de Alaska. Se pongan como se pongan, un año nuevo no es cualquiera que empiece el 1 de enero, salvo en Cuba, donde el 1 de enero coincide con el 59 cumpleaños de la Revolución. Aquí sólo es posible un ano nuevo.

EL RUBIO (en el puerto de Alaska con los billetes de vuelta)

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La Torre de Preferencia de Juan Carlos Aragón

Juan Carlos Aragón opina ahora en ElDesmarque. Poco amigo de lo políticamente correcto, este profesor de filosofía y reconocido autor del Carnaval de Cádiz promete remover conciencias con sus artículos cada semana como hace cada año con sus agrupaciones en el Gran Teatro Falla.

El nombre de su blog: La Torre de Preferencia, todo un emblema del cadismo y del propio Juan Carlos. Si le da rienda suelta, la polémica está servida.

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