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Juan Carlos Aragón, contra la industria del Cine

El Rubio Goldwyn Mayer

Escrito por Juan Carlos Aragón

Domingo, 16 Abril 2017 10:34
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Robert Mitchum y Jane Greer (como Juan Carlos y Luisa...)

Seré siempre el último en defender un impuesto, y menos para la cultura. Pero la cultura de masas no es cultura sino adoctrinamiento del sistema y, por tanto, me parece bien que los borregos paguen caros sus propios trajes de lana, y que se pudra todo productor y empresario que —en nombre del arte y la cultura— pretenda enriquecerse brindándole al borrego soberanos bodrios envueltos en papel de regalo. Que el borrego puede ser una víctima del sistema, pero tarde o temprano también deja de comprar lo que no le llena.

Yo pertenezco —por desgracia— a esa suerte de cinéfilos a los que hace ya treinta años compadecía el entrañable crítico Carlos Pumares en su Polvo de Estrellas: “al buen espectador, lo ha echado de las salas de cine el propio cine”. Ciudades medias como la nuestra no acogen ni por equivocación una película de esas que no tienen interés comercial, que son las buenas. Estoy seguro de que en estos tiempos, Fellini, Pasolini o Visconti hubieran sido youtubers frustrados. Llamar Cine a las “pelis” es una irreverencia del mismo tamaño que llamar Canción a los “temitas”. Los analfabetos musicales que se han cargado la música desde lo que ellos llaman “industria” de modo impostor, son los mismo analfabetos que se han cargado el cine. La verdadera industria es la mente del artista. Compositores y cantantes, al igual que directores, guionistas y actores, andan presos en campos de concentración de exterminio del arte y la cultura, de donde los productores criminales solo les permiten salir para fabricar bodrios que prevean el ensanchamiento de sus bolsillos.

El arte es la expresión más elevada de la existencia humana. Necesita de una sensibilidad que difícilmente se prostituye en los mercados de las multinacionales. El arte, si se escribe en mayúsculas, antes muerto que puta. Prefiere sacrificar dos de las tres comidas diarias exhibiéndose delante de tres gatos, antes de hacerlo para tres millones de borregos y pasearse en carroza, porque ese principio de sacrificio y distinción es uno de los motivos por los que el arte puede se define como tal. Y no es democrático, cual defienden solo quienes comen de la suplantación de la personalidad del arte. Internet y el IVA cultural no han sido las únicas hienas. Querer verlo así es una perversa forma de lanzar cortinas de humo contra una razón que late en el corazón de la producción artística y cultural de la posmodernidad, época que defiende la relatividad como argumento para la consagración de la impostura. Pero lo más grave es que la impostura no ha resultado. No solo están condenando a los auténticos artistas, sino que los muy imbéciles están destrozando la propia industria que ellos mismos han usurpado. ¿Por qué no os limitáis a vender oro, que es más caro que inútil y viceversa, gilipollas?

El otro día fui al cine del Corte Inglés, pero no con ninguna intención cultural, sino para hacer tiempo mientras me fumigaban el coche. Luisa y yo solos en la sala. Dos amantes, del arte además. Magnífica la sala, el sonido, la imagen. Y lo mejor: ausencia absoluta de groseros dando por culo con las putas palomitas. El director de la película, garantía de emoción y compromiso. El título, corto y muy sugerente. Comienzan la proyección y los créditos iniciales ya me invitan a huir, porque aparecen como patrocinadores el Ministerio de Cultura y Atresmedia, y de ninguna de esas cuentas puede brotar producción artística que vaya en la dirección indicada por el espíritu universal del arte y la cultura, transgresor, refinado, puro, desinteresado, libertario, redentor y progresista. Antes del primer gol me asaltó la mente el sintagma habitual que usa Antonio Reguera para calificar todo aquello que queda escandalosamente por debajo de las expectativas: “gran mojonada”.

—Ya te comenté que las críticas no eran nada buenas. Sabía que no te iba a gustar— me dijo ella excusando su parte de responsabilidad.

—No he dicho nada…

—No hace falta, se te ve en la cara. Vete si quieres a dar una vuelta.

—No importa. Ya me la trago entera. Lo que hay fuera es igual o peor que esto.

La película acabó y con ella el mal rato. Al menos el coche estaba limpio. A medida que me fui alejando del centro comercial se me fue diluyendo la sensación de claustrofobia y estafa. Y aunque la evidencia impedía cualquier comentario, ella quiso rentabilizar parte de su propuesta:

—Empezó bien, pero luego…

—Empezó mal.

—¿Por los disparos?

—No, por los créditos.

Al cine no se lo está cargando el IVA cultural, sino la propia industria del celuloide produciendo esto. Luego llega un director con un proyecto y un guión en condiciones y el productor, como buen cateto con dinero, le dice que eso no vende. Y ante la amenaza de no poder comprarse otro Mercedes, películas de bajo coste, de bajo contenido, de bajo compromiso, de baja sensibilidad, de bajo reparto. Resultado: ni el gran público ni el público grande van a verla. Las salas vacías. Los bares y los estadios llenos. Será que el IVA gratinado o en calzonas entra mejor.

EL RUBIO (en blanco y negro)

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La Torre de Preferencia de Juan Carlos Aragón

Juan Carlos Aragón opina ahora en ElDesmarque. Poco amigo de lo políticamente correcto, este profesor de filosofía y reconocido autor del Carnaval de Cádiz promete remover conciencias con sus artículos cada semana como hace cada año con sus agrupaciones en el Gran Teatro Falla.

El nombre de su blog: La Torre de Preferencia, todo un emblema del cadismo y del propio Juan Carlos. Si le da rienda suelta, la polémica está servida.

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