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Juan Carlos Aragón, el cristianismo y "Dios como apuesta"

La Pasión según El Rubio

Escrito por Juan Carlos Aragón

Domingo, 09 Abril 2017 10:39
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Para justificar su agnosticismo he oído a muchos decir eso de “yo creo en Dios a mi manera”. Luego que no se quejen si Dios los salva a la suya…

Queridos hermanos: Dios, no tiene “maneras”. Interpretar a Dios es oficio de los curas, no nuestro. Dios es una apuesta. Una opción digna de respeto mientras sea capaz de mantener la esfera de la absoluta privacidad y no pretenda incluir a ningún otro apostante, mientras no obligue, implique o condene a quien desestime el sentido de la apuesta. No obstante, me resultan más serios aquellos que dicen creer en Dios a la manera impuesta por su cultura. Al fin y al cabo, puestos a creer, el consuelo de la cultura es más efectivo que una metafísica unipersonal, improvisada para la ocasión y rebosante del mismo número de contradicciones que la otra, y que no cuenta siquiera con biblia alguna que la contemple —mitológicamente, claro.

En realidad, creo que a la gente le cuesta demasiado reconocer su ateísmo. Ese es el problema. En el fondo, todos somos ateos, lo que ocurre es que nos negamos a aceptar la muerte como fin, siendo ésta además el único sentido posible para la vida. Terriblemente jodido. Cierto. Pero no hay más. Si la humanidad se limitara a admitir su propia naturaleza, los cuentos para niños no sobrevivirían más allá de la adolescencia, cuando aparece el bigote, el vello púbico y el razonamiento crítico. El resto de los seres vivos no tienen conciencia de su ser mortal, por eso ni los claveles rezan rosarios ni los caimanes cantan saetas. Es una ventaja que tienen sobre nosotros, los racionales. Pero la conciencia de la mortalidad no debe servir para su negación, pues hace el camino más largo y tortuoso. Sé que es una putada plantear esto cuando el incienso comienza a perfumar el sur del mundo occidental. Pero es precisamente su aroma el que abre la disyuntiva: con Dios o a solas.

Otros alivian la crítica a la Iglesia defendiendo el carácter sobrenatural de un personaje cuya existencia no admite certificado histórico. Ningún evangelista lo conoció personalmente. Escribieron de él porque su mito fue creciendo como carne de literatura, de periodismo. Eso hizo al Cristo más grande. Pero si difícil es soportar la irracionalidad de la fe, más tremendo resulta lo de ser cristiano, pues ni los que presumen de serlo saben bien qué significa, dejando al margen la paradoja que implica presumir de ser humilde. El cristianismo —que no necesariamente Cristo— emplaza la redención a la otra vida y la deja en manos de un Espíritu Santo, en vez de instar a la redención en ésta poniéndola en manos del propio hombre. ¿Qué es más humano, poner la otra mejilla o quitarla —como mínimo? A menos que te vaya la marcha y seas de los que la vuelve a poner, estarás de acuerdo conmigo que ese tipo de héroe es válido para los que oprimen a los débiles; para ninguno más. Son precisamente los débiles, los pobres y los oprimidos los que deben buscar su Superman en alguien que les dé la fórmula para salir del boquete. Y esa fórmula puede ser cualquiera menos la que se deriva de los evangelios. Su lectura crítica arroja más luces que ninguna otra sobre la necesidad de la revolución. Quizá sea por eso el profundo respeto que me inspira la Teología de la Liberación, porque —al margen de la redención trascendente— se implican en la inmanente. Si tú me acompañas en la segunda, yo te permito que me intentes vender la otro moto. Primero libres. Primero dignos. Luego hijos de Dios y de su santa madre. Pero nunca al contrario pues, si se invierte el orden la dignidad y la libertad se caen por el camino.

No obstante, al ir entendiendo antropológicamente el sentido del entramado y la necesidad del circo en épocas de crisis de pan, he ido reduciendo mi perspectiva crítica con el fervor cofrade. Aunque no lo incluya entre mis pasiones, he ido pasando del latigazo al silencio y comprendiendo por qué los capillitas saltan de uñas si se roza cualquier símbolo sagrado para ellos. Hubo un tiempo en el que defendí la diferencia entre hacer las cosas en nombre del hombre o hacerlas en nombre de Dios. Pero esa diferencia no es tal —o caigo en la contradicción al distinguirla—, desde el momento en que observo que Dios no es más que el hombre mismo proyectado hacia su mayor ausencia, y como tal, tan humano como el carnaval o el fútbol. Será por eso que —en la distancia— sigo la evolución de las semanas santas observando —con generosa distancia— no lo que hay encima de los pasos, sino abajo, debajo y al fondo. El misterio de lo divino es el misterio de lo humano en clave espiritual para impedir que se resuelva: Ecce Homo. Cuando el misterio se resuelve la película se acaba, y aquí se trata de que la película dure al menos una semana. ¿A mí qué me vas a contar, hermano, si la mía dura un mes?

EL RUBIO

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La Torre de Preferencia de Juan Carlos Aragón

Juan Carlos Aragón opina ahora en ElDesmarque. Poco amigo de lo políticamente correcto, este profesor de filosofía y reconocido autor del Carnaval de Cádiz promete remover conciencias con sus artículos cada semana como hace cada año con sus agrupaciones en el Gran Teatro Falla.

El nombre de su blog: La Torre de Preferencia, todo un emblema del cadismo y del propio Juan Carlos. Si le da rienda suelta, la polémica está servida.

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