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Juan Carlos Aragón critica 'la tradición del exceso' por Navidad

La decadencia

Escrito por Juan Carlos Aragón

Domingo, 08 Enero 2017 11:52
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Otro día le tocará al carnaval, pero hoy le toca a la Navidad que ya, por fin, se ha ido, la muy sinvergüenza, con los bolsillos hasta arriba de nuestros ahorros, dejando más boquetes, dolores y cuestas que alegrías y regalos de corazón. ¿"Fiestas" las llaman? Entiendo que ustedes por "fiestas" no entienden lo mismo que yo y por "celebración" tampoco. Yo acudo a una fiesta para conmemorar un aniversario o celebrar un victoria de algo o de alguien que, en todo caso, me creo y, además, plantea alternativas para quien no se la crea o, simplemente, la odie, como pasa con el carnaval. La mayoría de la gente dice que odia estas fiestas (primera contradicción), no cree y/o no celebra su sentido fundacional, sino uno propio (segunda contradicción) y, por último, no existe alternativa: Navidad, sí o sí. A menos que te vayas al desierto o al fondo de un océano, la fiesta es obligatoria (tercera contradicción).

El grado de decadencia de una civilización se halla dividiendo el sentido original de sus fiestas entre el número de practicantes que la pervierten. Cuanto mayor sea el número de perversos, más débil será el sentido de la fiesta y, por tanto, más inexorable y consistente la decadencia civilizatoria, lo cual no equivale a decir que nuestra civilización es decadente sólo porque dos tercios de los regalos de Reyes se devuelvan, se descambien, se tiren o no se usen. Hay más síntomas. Pero este es uno de los más indiscutibles y rotundos. Tampoco es definitivo celebrar el nacimiento de uno que, a estas a alturas no está claro que fuera el hijo de Dios, Dios que a esta alturas tampoco está claro que lo fuera. Ni siquiera ha sobrado sensibilidad para colocar la festividad de los Reyes cuando comienzan las vacaciones, para que los niños tengan tiempo de jugar con los regalos antes de volver al colegio, sino justo cuando terminan, para que apenas les dé tiempo. Cabrones. Pero claro. Lo de siempre. La fiesta de los niños no está concebida ya para que los niños jueguen sino para que los padres gasten. Por eso es necesario que la celebración de la Epifanía esté precedida de dos semanas de vacaciones en la que curritos y parados ocupen su tiempo y su remordimiento en gastar más de lo que tienen.

Nunca me he mostrado partidario de la tradición por la tradición, ya que este es el argumento favorito de los fachas, el primero —y el único— que te plantan cuando alguien advierte de lo irracional de seguir celebrando así ciertas cosas por el simple hecho de que siempre se hicieron así. El adverbio "siempre" no es sinónimo de eterno. Las cosas duran hasta que queramos nosotros. La tradición no puede suponer una exhibición de anacronismo cada vez que aparezca. No hay ninguna barbarie cultural en irla adaptando a los tiempos según determinen las circunstancias. Hay tradiciones que practican esta máxima y sobreviven con mayor credibilidad que las que le dan un puñetazo en el rostro a la lógica y a la época. La Barbacoa del Trofeo ya no se celebra, porque el Trofeo perdió su valor y la barbacoa, por tanto, su sentido. ¿Alguien ha protestado? Las tradiciones no sólo necesitan de su repetición en el tiempo y en la forma, sino que ésta repetición contenga su propia necesidad, su propia justificación. En cuanto desaparece la necesidad y la justificación de repetir en tiempo y forma la tradición, esa misma tradición empieza a convertirse en carajotada, y el exhibicionismo de la carajotada en forma de fiesta constituye uno de los primeros síntomas de la decadencia de una cultura, de una catástrofe civilizatoria. Insistir en hacerlo solo pone peor las cosas. El país no está para belenes ni cabalgatas de magos, para guirnaldas ni luces de colores. Una cosa es que las circunstancias laborales posibiliten una reunión familiar, y otra muy distinta tirar la casa por la ventana porque lo manda la tradición. Uno: dentro de nuestras casas cada vez hay menos que tirar. Dos: pobre de quien siga los mandatos de la tradición cual si esta fuese una autoridad porque no verá la libertad en su vida ni de lejos.

Yo fui de los primeros en enganchar por el cuello a aquellos bárbaros mandatarios que culparon al pueblo de la catástrofe económica, usando el canallesco argumento de que "había vivido por encima de sus posibilidades". Entonces el pueblo era ignorante y, por tanto, inocente. Hoy no. Hoy el pueblo no solamente es pobre, sino además consciente de que su pobreza va a durar décadas, aunque tenga trabajo. Si aun así, el gasto medio del individuo ibérico durante estas dos semanas supera de largo el salario mínimo interprofesional —y no precisamente comprando libros de poesía— al final no voy a tener más remedio que creerme que la recuperación económica es un hecho, que el PP es la mejor opción y que "el hijo de Dios nació de la Virgen María en un portal de Belén bajo la estrella que me guía". Pues nada: este año le cantaremos al levante y si, aun así, todos los Reyes van a ser como los de este año, por mí, que siga la tradición, que ya estoy harto de ser uno de los menores perjudicados y —en proporción— de los que más enseña los dientes y saca las vergüenzas de nuestra sociedad por su continuo cúmulo de sonoras cagadas.

JUAN CARLOS ARAGÓN

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La Torre de Preferencia de Juan Carlos Aragón

Juan Carlos Aragón opina ahora en ElDesmarque. Poco amigo de lo políticamente correcto, este profesor de filosofía y reconocido autor del Carnaval de Cádiz promete remover conciencias con sus artículos cada semana como hace cada año con sus agrupaciones en el Gran Teatro Falla.

El nombre de su blog: La Torre de Preferencia, todo un emblema del cadismo y del propio Juan Carlos. Si le da rienda suelta, la polémica está servida.

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