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Cuando la sirena de la fábrica pone fin a la vida...

La fortuna alternativa

Escrito por Juan Carlos Aragón

Domingo, 24 Abril 2016 11:24
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Eres más rico no cuando gastas dinero, sino cuando no te hace falta gastarlo, como hicimos ayer al dejar el café por la mitad y recorrer de la mano las mauritanas calles de nuestra nupcial Zaharísima, mientras la primavera derramaba una tarde larga, de las que anuncian ocasos para principiantes del beso y estudiantes de dibujo, una puesta de sol para fotógrafos de pósteres y amantes en celo.

Allí, en la pasarela que alcanza la orilla de la playa desierta, una barquilla sola, arrumbada en la arena mirando a poniente, era la única y presumida cómplice silenciosa del atardecer, la que susurraba a la marina brisa nuestra tesis sobre Si la abundancia o la compañía de las cosas que amas, su Monólogo acerca de la brevedad de la vida y mi Exhorto a la prudencia para una descendencia con sentido. Y durante atardeceres como estos, en los que parece que alguna diosa dirige la orquesta que toca en nuestra mente la banda sonora del circo del sol, te unes para siempre a la persona que tienes al lado, sus manos son más suaves, su sonrisa más ancha, tus deseos se derriten con los suyos y el pensamiento se convierte en un lazo que anuda el sentido común, entre la baranda de la pasarela y el astro hundido en el horizonte. Giras la cabeza, y ves con desencanto que hubo más espectadores que ella y que tú, que el cortometraje de vuestro particular jueves santo no solo se rodó para vosotros. Mas resignado, de un leve reojo contemplas con agrado otras cómplices y leves sonrisas de espanto, una vez finalizado el drama natural que se ha celebrado entre la tierra y el cielo, el océano y los nimbos. Y es tan pura la fragancia espiritual que la sensación de fortuna se sigue estirando a lo largo de la noche, sin necesidad siquiera de pensar las cosas, adónde estará el coche, qué hora es o adonde iré mañana.

El atardecer en Zahara del que habla Juan Carlos.
El atardecer en Zahara fotografiado por Juan Carlos.

Y a la mañana siguiente, desde el carro que te conduce al trabajo, al maldito trabajo, sigues contemplando la segunda parte del espectáculo de la claridad. Separado ya de los brazos que sostienen tus sueños, te enfrentas al castigo de la materia. Piensas, luego existes. Miras a tu alrededor más inmediato para comprobar si, junto a la existencia material, existe otra que no necesite de tanto pan y cuya sed calmen las aguas del camino, porque anoche adivinaste otra vez que la hay.

De pronto, la puerta de la fábrica se abre a tus pies y tú, por primera vez, te plantas y no das el paso, el fatídico paso que te adentra en el deshonor de los esclavos, y que te separa de la claridad que brinda una nueva mañana de abril. Miras a ambos lados de la calzada y ves que los zombis salen escupidos de los coches haciendo con la mochila el contrapeso de su voluntad. No parecen ni despiertos. El paso lento y zigzagueante delata que no quieren entrar. Saben que van a cumplir con la obligación de ir muriendo, como todos los días, como saben también que de esta cárcel los llevarán a otra más inmensa y lejana, y así sucesivamente. Miran atrás pero no encuentran ayuda de nadie. Quien fuera el galgo que huye cuesta abajo, el único racional y libre en esta reunión de adoquines ilustres.

La sirena pone fin al capítulo. Otro más que termina en tragedia. Estuve a poco de darme la vuelta, de no entrar, de salirme para siempre, de empezar a vivir, mas no fui capaz. Un compañero me enseñó el camino mientras daba los buenos días. Yo sólo pude devolverle un afónico "hola" porque estos días no son buenos. Le seguí sin darme cuenta, como si fuese nuevo, como todas las cosas que hacemos sin darnos cuenta, porque si nos damos cuenta no las hacemos. Dentro, el tiempo volvió a evaporarse, el entendimiento a confundirse y la vida a desvanecerse. Van ya demasiadas sirenas en mis oídos. No aguanto ya muchas más. En una de estas doy el paso atrás, el único paso posible del hombre que quiere salir de la selva invertebrada en la que la civilización nos ha metido, sin pedirnos permiso, a costa de nuestra felicidad, de la compañía de nuestros perros, árboles, ríos y de otros amores. La humanidad es un desastre, oigan. Y dicen que el de Asís estaba loco… Ustedes sí que lo están.

JUAN CARLOS ARAGÓN

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La Torre de Preferencia de Juan Carlos Aragón

Juan Carlos Aragón opina ahora en ElDesmarque. Poco amigo de lo políticamente correcto, este profesor de filosofía y reconocido autor del Carnaval de Cádiz promete remover conciencias con sus artículos cada semana como hace cada año con sus agrupaciones en el Gran Teatro Falla.

El nombre de su blog: La Torre de Preferencia, todo un emblema del cadismo y del propio Juan Carlos. Si le da rienda suelta, la polémica está servida.

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